

De Nairobi a Masai Mara el camino es infernal. Junto a cada socavón, es decir, cada pocos metros, cientos de niños saludan y piden cualquier cosa, bolígrafos, caramelos, chelines...

Después de pasar por Narok, la capital de los masai, llegamos al parque. El lodge -Sarova Mara Camp- es de película; dentro de la "tienda" no falta ningún detalle. Eso sí, al salir debemos cerrar bien las cremalleras para que no entren animales.












En julio se produce la migración desde el Serengeti de cientos de miles de ñus y cebras. El parque es un hervidero de animales recién llegados. Nos encontramos a un león merendándose un ñu, leopardos echando la siesta en los árboles y en medio de todos, gente jugando al fútbol.






























Salir de safari a pie con los masai es otra experiencia. Nos movemos por una zona con pocos animales -¡mejor!- y descubrimos arbustos, huellas, termiteros, toda clase de boñigas...








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Los jóvenes guerreros, además de protegernos y dejarse fotografiar, no dejan de ofrecernos dientes de león, pulseras de pelo de elefante y toda clase de objetos rituales.





Al llegar al poblado masai somos recibidos por el jefe que nos cobra dos mil chelines a cada turista. A continuación un grupo de "coros y danzas" nos deslumbra cantando y bailando como si hubieran cazado un león. Por la noche, en el hotel repitieron el mismo número, aunque la sesación de verlos en su terreno es inigualable.














Estos pastores se alimentan básicamente de leche y sangre. Nos hicieron una demostración de como preparan el brebaje.






Luís, un brasileño que hacía el safari con nosotros, no tuvo más remedio que probar la pócima. Sobrevivió. También Samson, el magnífico guía luo que nos acompañó, se tomó un chupito.



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Este grupo de kongonis observa atento nuestro paso. También abundan por aquí las avestruces (siempre en pareja, el macho negro y blanco y la hembra parda), buitres, leones...












Aquel día hicimos muchísimos kilómetros campo a través en dirección al río Mara. Las manadas de ñus que encontrábamos acababan de cruzarlo y se encaminaban, en fila o en tropel, hacia las verdes praderas.






El Mara es la puerta del paraíso, y también el infierno en que sucumben aplastados o devorados por cocodrilos los débiles, los ancianos y los jóvenes inexpertos.



Junto al improvisado monumento al ñu caído, un lagarto agama observaba nuestros movimientos.














Miles de ñus se estaban concentrado para cruzar. En el tiempo que estuvimos por allí no se atrevieron, tal vez eran pocos o tal vez les asustaba la presencia amenazante de los cocodrilos.









Una cerveza Tusker (colmillo en swahili) bien fría es lo mejor después de un largo safari.
