La ciudad de Tokio tiene una población cercana a los 8.340.000 habitantes; su área metropolitana la habitan 34.5 millones de habitantes (2007).

Sábado por la noche, llegada a Tokyo. Esto es lo que veo desde la ventana de mi habitación.

 

 

 

Después de cenar, nos dimos una vuelta por Roppongi, una zona con mucho ambiente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Desde lo alto de la Torre Mori la vista es estremecedora.

 

 

 

 

 

Al abrir la ventana, desde el piso 10, otra vez la copia de la Torre Eiffel (aunque más ligera).

 

El espacio se aprovecha al máximo: surtidores colgantes.

 

Hoy nos espera un buen día de metro.

 

 

 

Vistas desde el observatorio del edificio del Gobierno Metropolitano de Tokyo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Aquí estamos el domingo por a mañana en el mirador del Ayuntamiento de Tokyo.

 

Esta la hice pensando en Gallardón...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El metro de Tokyo no es complicado. El problema es que son dos compañías distintas las que lo explotan y no se llevan demasiado bien, hay correspondencias mal señalizadas y a veces no sabes donde estás.

 

 

 

 

 

El santuario Meiji se esconde en medio de un oscuro y fresco bosque, un oasis insólito en pleno centro de la ciudad. Se accede por una gran puerta torii de madera y se sigue por un ancho sendero de gravilla por mitad del bosque. Concluido en 1920, el santuario honra la memoria del emperador Meiji y la emperatriz Shoken, bajo cuyo reinado Japón se modernizó a gran velocidad y se abrió al resto del mundo.

 

 

 

 

 

Aprendiendo a rezar...

 

 

 

Vestidas de domingo, tal vez para una celebración...

 

Una de las pocas zonas de fumadores que se ven en la ciudad.

 

Siguiendo en el distrito de Harajuku, después del santuario Meiji, bajamos por Takeshita Dori, una empinada calle peatonal donde se suceden las tiendas mas fashion de la ciudad. Aquí, miles de quinceañeras venidas de los suburbios, buscan ropa, regalos y complementos para estar a la última.

 

 

 

Más abajo, en la calle Omotesando (Los "Campos Elíseos") se suceden las tiendas de lujo al más puro estilo occidental.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las anchas calles alineadas de árboles de Ginza responden a la afición nacional número uno: las compras. Aunque el terremoto de 1923 destruyó la zona, no tardó en ser reconstruida con tiendas de diseño, grandes almacenes y diminutas boutiques exclusivas para atrapar al más escéptico de los visitantes.

 

 

 

La comida, exquisita. Sopa y filetitos de vacuno bañados en huevo crudo. No recuerdo si se llamaba gyutataki o algo parecido...

 

Efímeras esculturas de hielo, con el calor que hacía...

 

Estuvimos en Mikimoto (el inventor de las perlas cultivadas) y en Perlita.

 

Pasos de cebra múltiples, todo un invento.

 

El edificio Sony no tenía demasiados alardes de tecnología. Suficiente.

 

 

 

 

 

Un Mitsuoka Classic Type-F de 1997. Nunca antes lo había visto.

 

 

 

 

 

 

 

Apple Store. Como todas.

 

En medio de Ginza, un monje espera donativos.

 

Y después de Ginza, a Akihabara, el distrito de la electrónica.

 

 

 

Yodobashi es un sitio para perder la cabeza tecnológicamente hablando. Hay de todo, pero de todo.

 

 

 

 

 

 

 

Multitudes hormiguean por el barrio buscando la última tecnología.

 

 

 

Después de pasar todo el día pateando la ciudad, por superficie y por los túneles de las varias compañías de metro que “coexisten”, nos atendieron en la cena dos maikos, servicialidad, canciones, bailes… su trabajo es amenizar las veladas. Lo que no he conseguido es encontrar la posturita en estas mesas a ras de suelo.

 

Durante la conversación, en inglés chapurreado, sacaban una chuletilla con algunas palabras en español, más chapurreado todavía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Kumiko san nos dio estas tarjetas con nuestros nombres, el deseo de volver a encontrarnos, la fecha y su nombre.

 

 

 

A las 5:04, por seis euros, saqué este bono para moverme por el metro el día 4 del mes 8 del año 20 de la era Heisei (Akihito, 1989- ).

 

 

 

El metro, como todo el país, funciona con puntualidad exquisita: si el tren parte a las 5:14, puedes estar seguro de que lo hará. En el metro, y por este orden, la gente duerme, escribe SMS a velocidad de vértigo o lee. También hay unos cuantos que tocan el trasero a las chicas y han dado lugar a que haya vagones exclusivos para mujeres en las horas punta.

 

 

 

 

 

 

 

¿Dónde iba yo sólo a las cinco de la mañana? A Tsukiji Ichiba, el mercado mayorista del pescado. Por aquí pasa todo el pescado que consumen más de 10 millones de tokiotas, con tal frescura que permite que casi todo se consuma crudo… Sobre las 5:30 se celebra la subasta de los atunes (el “remate”, como decía con acento mexicano Kumiko, nuestra simpática guía). Está prohibida la presencia de curiosos, pero no dudé en colarme un poquito en la lonja; cuando uno estorba te atropellan con el carrillo o te arrean con el garfio (flojito).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En un cuarto de hora se han subastado cientos de atunes, que rápidamente son transportados a camiones o a puestos de asentadores.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por este mercado pasan más de 2.200 toneladas de pescado al día. Las ventas diarias ascienden a 1,8 billones de yenes. Además de pescado, también se subasta todo tipo de mariscos provenientes de todos los rincones del mundo, incluidas algunas especies extrañas. El mercado tiene una actividad frenética, los espectadores son bienvenidos siempre que no obstruyan la actividad, ya que las carretillas elevadoras y los cajones de pescado no paran.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Armados de un largo cuchillo superafilado, se trocean los atunes con pericia de cirujano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A la vuelta me detuve en este santuario que había junto al hotel.

 

 

 

Curiosas las ofrendas...

 

 

 

El Komagata-bashi, sobre el río Sumida, en el distrito de Asakusa

 

Desde aquí se ven el Azuma-bashi y los edificios de la cerveza Asahi. El alto parece simbolizar una pinta llena con su espuma, el de la llama... nadie lo sabe.

 

La Flamme d'Or

 

El Umaya-bashi.

 

 

 

En algunas estaciones hay barreras para evitar caídas "accidentales" a las vías.

 

Cominos en un italiano en este centro comercial; uno de los cocineros era de Barcelona. A juzgar por la cantidad de blogs que he descubierto estos días, Japón está lleno de paisanos.

 

 

 

 

 

Otro de los distritos con miles de tiendas y centros comerciales, Shibuya. Inexplicable que haya miles, millones, de personas por la calle bajo un calor y una humedad tan agobiantes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las salas de pachinko, uno de los entretenimientos de moda por estas tierras.

 

 

 

Las obras, totalmente "empaquetadas" y limpias. Para ir tomando nota.

 

A la entrada del Shibuya 109, una torre cilíndrica de boutiques y más boutiques, unas chicas echan un pitillo.

 

 

 

Zona de entretenimiento de adolescentes y paraíso de neón, Shibuya es rápida y dinámica. A la salida de la estación se haya el punto de encuentro más famoso de la ciudad, una estatua del perro Hachiko. Este fiel perrito salía a buscar a su dueño todos los días después de trabajar e incluso tras su muerte, durante diez años, seguía acudiendo al lugar. La tierna historia tocó la fibra sensible de los japoneses y erigieron una estatua en su honor.

 

 

 

Hello Kitty parece decirnos "sayonara"

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nos despedimos de la ciudad desde la Tokyo Tower (333 m.), a cinco minutos del hotel. Vistas impresionantes y una tormenta de miedo (ha sido el primer rayo que he cazado en mi vida).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Para subir más arriba, tarifa extra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A la mañana siguiente...

 

Pasados los controles, foto del grupo que hemos compartido estos días en el Imperio del Sol Naciente.

 

 

 

 

 

Epílogo. Ocho de la tarde (hora de no sé donde) sobrevolando no sé que parte de Siberia. Hemos salido de Narita con cuatro horas de retraso. Primero fue una tormenta, o mejor dicho, un cicloncito; cuando cesaron los rayos, algo no iba bien en el aeroplano y el Capitán nos informó que volvíamos a la terminal. A las 14:30 hemos despegado. En este vuelo vamos a batir el récord de horas enlatados en un Airbus: dieciseis de un tirón.

El fotoblog de Flickr lleva ya tres días muerto. Me ha decepcionado internet en el país más tecnológico del planeta: Osaka y Kyoto, bien; en el Prince Hotel de Tokyo, 525 yenes por media hora; y el colmo en Narita, siete dólares para poder conectarme... Espero que en Paris tengan acceso libre y me de tiempo a subir algo...