La llegada al lago Ashi nos reportó otro almuerzo en cajitas, con hornillo incluido. Todo rico. Tuvimos que hacer la herejía de pasar el sashimi (pescado o marisco crudo que se toma con salsa de soja o wasabi, salsa picante) por la “sartén” .

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El crucero por el lago fue muy relajante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Subimos al monte Komagatake en teleférico.

 

 

 

 

 

 

 

Owakudani es un cráter que todavía humea. Después de subir un par de estaciones en un impecable teleférico, dimos un paseo entre nubes de azufre (así debe oler el infierno) y cáscaras de huevos negros, que aquí venden cocidos naturalmente y que dicen que alargan siete años la vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Camino del riokan, la encantadora Kumiko-san, nuestra guía, se esforzó en que aprendiéramos esta canción tradicional. Hicimos lo que pudimos, el japonés tiene tela...

 

 

 

 

 

Este es el riokan (hotel tradicional) en el que nos alojamos. La habitación es amplia y austera.

 

 

 

 

 

 

 

La cena: más de lo mismo.

 

La cocinera y la Señora Kumiko explicándonos las delicatessens.

 

 

 

Las piernas de uno no están acostumbradas a estas posturitas; después de media hora ya no sabes como ponerte.

 

El onsen tiene dos partes bien definidas, esta es la zona de las abluciones. Cuando uno está bien lavadito, se pasa al baño termal. ¡Ah! No he dicho que este es el baño de chicos; hay otro para mujeres.

 

Las bañeras termales, están bastante calientes. Estas aguas sirven par todo, problemas de piel, hígado…

 

Con este mono kimono se circula por el riokan.

 

 

 

 

 

La mesa preparada para el desayuno.

 

 

 

 

 

¡Menudo desayuno!

 

Una vez en ruta hacia Nikko, lo primero que hicimos fue parar en un Lawson: ¡café con leche y un churro japonés!

 

El Monte Fuji en agosto: sin nieve y rodeado por la bruma. Para conseguir la foto de la postal de abajo habrá que volver en primavera...