Grecia se caracteriza por la enorme variedad de gentes y de paisajes. Además de la península, varios miles de islas, cada una de ellas distinta de las demás, conforman una realidad imposible de conocer en una semana. A pesar de ello, el viajero de nuestro tiempo puede sobrevivir a un crucero organizado, y huyendo de los tópicos, descubrir la esencia de este pueblo. Estamos en tierra hermana, y nos bañan las aguas de nuestro Mediterráneo.

Después de un corto vuelo, noche obligada en un hotel de Atenas, ocasión para descubrir lo bien que suena el griego, los encantos de su cocina y lo cómodo que resulta pagar en euros. Al amanecer, traslado a El Pireo. Atenas, como todas las ciudades que uno visita, está en obras, y en el montaje de la olimpiada recorrer unos kilómetros puede suponer varias horas. El embarque es rápido, y después del simulacro de hundimiento y una siesta (que también allí se estila) estamos desembarcando en la isla de Mykonos.

Sabía de esta isla por una camiseta que mi amigo Gregorio llevó puesta toda la década de los 70 (yo llevaba a mi vez una que parecía un saco de trigo). Mykonos no es un sitio barato, ni tiene buenas playas, ni nada demasiado especial. Pero a pesar de su falta de recursos es la primera escala -obligada- en todo crucero que se precie.

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Poco queda de aquel paraíso de libertad, y los miles de turistas que desembarcamos vagamos por sus calles, miramos escaparates y esperamos esa hora mágica de la puesta de sol, que esperamos espectacular.

Dicen las guías que aquí hay mas de trescientas iglesias, y falta debieron hacer en una isla tan pecadora. Pero corren tiempos difíciles, también para los ortodoxos, y apenas media docena de ellas parece que funcionen.

 

Aquí empieza uno a descubrir el color azul, en miles de matices, y que es posible encontrar de todo, aunque a veces a precios astronómicos.

Está cayendo la tarde y pronto habrá que regresar al barco. La isla es un puro negocio, cualquier rincón está lleno de toda clase de mercancías, esto ya no es lo que debió ser. En fin, bajamos a la playa...

En Mykonos hay demasiados edificios, pero con las últimas luces del día, se crea una atmósfera excepcional: hasta la mas destartalada de las construcciones se envuelve en esta luz cálida. En ese momento uno piensa en quedarse, no regresar al barco...

En la parte alta del puerto, unos molinos en desuso son testigos cada atardecer de un precioso ocaso. Y decenas de turistas se retratan en este contraluz. Debo decir que fue un milagro que ninguno de ellos se metiera en mi foto.

 

Mientras docenas de residentes empiezan a pensar en una tranquila cena, a nosotros se nos acaba el tiempo y debemos regresar al barco.

 

Aunque no fue lo que esperábamos, Mykonos nos llegó muy dentro. Habrá que volver algún día...

 

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