
Después de una noche de navegación, nos amanece en Turquía. Kusadasi es un puerto turístico, tan turístico que a pesar de estar fuera de la Comunidad Europea, nadie nos pide el pasaporte para desmbarcar. Sí necesitamos un ticket para la "excursión de pago", hoy toca ver la casa de la Virgen María y la ciudad mejor conservada de la antigüedad.
Éfeso fue una gran ciudad... hace mas de dos mil años. Por este fértil extremo del Mediterráneo pasaron todas las culturas, y cada cual dejó lo mejor de sí. El paso del tiempo y las sucesivas invasiones fueron borrando los vestigios de un pasado inimaginable. Mi primera decepción, apenas se supone donde estuvo el templo dedicado a la diosa Artemisa, una de las siete maravillas, de la que solamente nos queda el nombre.
Cerca de la antigua ciudad, en un paraje de singular belleza, está la casa de la Virgen. Indudablemente María pasó aquí su vejez.

El pequeño pabellón es hoy un santuario en el que varios frailes rezan en un ambiente bastante recogido a pesar de los cientos de turistas que atravesamos sus puertas.

Unos kilómetros mas abajo están los restos de la ciudad. Paseando por el yacimiento se descubre la magnitud del mismo, y la exquisita superposición de estilos.

El odeón, el templo de Adriano... Bajar la colina por la calzada milenaria es todo un espectáculo. No dejo de hacer fotos, diapositivas y blanco y negro. La bajada apresurada, el calor, todo fluye muy rápido; Heráclito era de aquí y dijo esto seis siglos antes de Cristo.

Calle abajo, continúa la lección de arte. Al fondo aparece la fachada de la biblioteca de Celso, tal vez el monumento mas fotografiado de la ciudad.

La fuente de Trajano, a pesar de su fragilidad ha sobrevivido a los siglos...

Y al llegar aquí comprendí definitivamente la importancia de Éfeso en su tiempo; esta biblioteca debió ser lugar de encuentro de filósofos, matemáticos, estudiosos...

Caminando por una calle de mármol blanco en dirección a donde estuvo un día el puerto (hoy el mar ha retrocedido varios kilómetros) llegamos al teatro. San Pablo, que vivió aquí bastante tiempo, debió predicar en este lugar.

Al dejar atrás el teatro y los últimos restos de la ciudad, a la sombra de un enorme pino, me sentí afortunado por haber descubierto inesperadamente este enorme tesoro de nuestro pequeño mundo.

Unas horas después, en plena siesta, nuestro barco se acercaba a otro lugar bíblico: la isla de Patmos.

Aquí vivió San Juan sus últimos años y el trasiego de religiosos en busca del evangelista ha dejado un carácter singular a esta isla. A pesar de ser un destino turístico, los parroquianos de este lugar -nunca mejor dicho- no tienen nada que ver con lo que se estila en estos mares.

El calor y el cansancio que se iba acumulando en el cuerpo nos hizo desistir de la excursión-peregrinación al monasterio de San Juan, al que aquí todos conocen como "el teólogo". Aprovechamos el rato para ir de tiendas. Patmos es un sitio ideal para encontrar iconos de bella factura de todos los tamaños y precios, postales de lo que no se visita y camisetas para los sobrinos.
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Los visitantes nos contagiamos de una tranquilidad casi mística, y damos vueltas por las pocas calles comerciales agotando calderilla y botellas de agua.
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Mi mas grato recuerdo de este lugar fue el exquisito café "frappé" que me sirvieron en una tasca junto al embarcadero. El Aegean I se preparaba para zarpar.
